Después de recibir un llamado de alerta por una fiesta clandestina, efectivos se trasladaron hasta calle Malabia al 2500 y constataron que había personas reunidas, con música alta.
No fue un operativo más: si bien empezaron a tomar los datos a los presentes con normalidad, hubo un momento de gran tensión cuando la dueña del lugar y organizadora del evento entró a una habitación y salió empuñando una pistola.
Los efectivos llegaron al lugar a las 2:30, para hacer cumplir el decreto de confinamiento social preventivo y obligatorio dispuesto por el gobierno nacional.
Descubrieron, por los testimonios recogidos, que la fiesta clandestina era con fines de lucro: había que pagar para entrar.
Adentro, había unas 12 personas de entre 18 a 23 años. Los efectivos preguntaron por la dueña del lugar. Los atendió una mujer de 62 años.
El fiscal Nicolás Villarreal ordenó el traslado de las personas a los fines de su debida identificación con pedido planilla y el secuestro de los equipos de música y parlantes. También de una computadora. Quizá esto fue lo que enojó a la mujer.
Estaban leyendo el acta a los presentes, cuando el oficial Pereira Bruno de infantería alertó que la propietaria salía del inmueble y que tenía en la mano un elemento en su mano de similares características a la de un arma de fuego. Efectivamente, era un pistola. El policía, con la colaboración de un civil, lograron intervenir y desarmarla.
El arma que empuñaba la dueña de casa era una pistola semiautomática marca Bersa modelo tpr40 calibre 40. Tenía 12 balas en su cargador.